Por Juan Carlos Almaraz
Tal vez nos quedamos cortos con esos calificativos para definir a Felipe Reyes Santiago.
Cuando llegó a Candelaria daba la impresión de ser un hombre sencillo, humilde, hasta simpático. Esa máscara hizo creer a muchos que por fin nuestro pueblo cambiaría.
A ocho meses como presidente municipal, la máscara se cayó.
Hoy nos damos cuenta de que es un embustero. Con engaños convenció a la gente para que le diera su voto. La opinión generalizada en Candelaria es una sola: es un tipejo soberbio, egocéntrico e ingrato.
Su incompetencia es tan evidente que da vergüenza verlo. No gobierna él. Gobierna su amo. Todos lo ven mangoneado, sin carácter ni rumbo.
Lo que no logramos entender es cómo un abogado de profesión puede ser tan mediocre.
Y aquí es donde aparece el que realmente mueve los hilos: Fermín Ambrocio Pérez, señalado por la ciudadanía como el más corrupto y nefasto de esta administración. El que tiene incrustada a media docena de familiares en el municipio, cobrando cantidades desorbitantes, mientras que regidores, miembros del cabildo y trabajadores de a pie reciben un salario modesto.
Desde aquí se lo decimos claro a Felipe: el sombrero y los huaraches no son sinónimo de humildad. Nos purga tanta desvergüenza.
Que le quede claro a Felipe Reyes Santiago: Candelaria ya despertó.
No queremos un presidente de sombrero prestado y discurso de huarache, que por la mañana pide el voto con humildad y por la noche se arrodilla ante su patrón Fermín Ambrocio.
Si no puede gobernar, que renuncie. Si no sabe ser abogado, que devuelva el título. Y si quiere seguir de títere, que por lo menos se quite el sombrero, porque le queda grande.
El pueblo no es tonto. Y el pueblo cobra las facturas.
Seguiremos informando.
