«Zoología Gráfica» del Maestro Francisco Toledo

«Sólo a los dioses y a los animales pertenece el gesto supremo. A los hombres sólo corresponde imitarlos”, escribió Roberto Calasso a propósito del arte de la cacería.

La humanidad ha intentado, durante milenios, emular el poder, la astucia, la belleza y la gracia de los animales… y de los dioses. ¿Qué clase de “gesto supremo” tenemos hoy para hablar de ellos, en una época en que hemos desterrado a unos y a otros a la extinción, a la desaparición, a la carencia de significado? Al desvincularnos de lo divino (o de la diversidad de la experiencia religiosa) y de la naturaleza, el territorio de nuestra acción en el mundo parece yermo, desértico. O al menos eso presupone la extinción masiva que hemos propiciado.

Frente a un tipo de arte que hablara del desierto humano como escenario de lo catastrófico, se opone la obra de un artista como Francisco Toledo, plena de símbolos, de entrecruzamientos, de referencias milenarias que dialogan con el mundo natural (las naturalezas) y la mitología (o las mitologías). Las imágenes del pintor mexicano nos recuerdan la fragilidad en la que nos hallamos, en la que se hallan todas las cosas que están desapareciendo, lenguajes, oficios, experiencias, formas de vida. Buscó, acaso, hacer de la suma de todas estas fragilidades una fuerza propia, una voz con la cual oponerse a la indiferencia contemporánea.


Toledo se movió siempre a través de los márgenes, de lo no-dicho, de lo silencioso y sutil. Prefería mimetizarse, coleccionar y elogiar lo minúsculo, reflexionar en torno a las naturalezas particulares y construir una narrativa posible para cada animal o planta. No le interesaba únicamente describir lo que veía, sino inventar, especular en nuevas taxonomías, o hacer anotaciones visuales en torno a imágenes que pertenecen al imaginario universal, por ello, podemos observar al poeta Matsuo Bashõ convertido en sapo bajo los platanares del trópico. O a los cocodrilos jugando con hamacas, haciendo un guiño a la mitología de los temblores del Istmo de Tehuantepec.

En la antigüedad, Heródoto ya se sentía fascinado con las imágenes de los terribles (y bellos) dioses egipcios, en parte humanos, en parte cocodrilos, lobos, leones alados… Todas estas representaciones no le parecían nada azarosas al historiador griego. Eran, incluso, “más perfectas que los comunes mortales”: acaso reflejaban muy bien la ambigüedad de la “experiencia sagrada”, como lo han sugerido diversos historiadores.

Esta capacidad de combinar elementos disímiles y crear algo nuevo le parecía fascinante a Toledo, que gustaba de tomar la historia y sus imágenes y crear propuestas visuales que son perfectas “hibridaciones” entre cultura y naturaleza. Asimismo, podemos sugerir que toda pieza de Toledo es ofrecida al espectador como una narrativa, como un relato posible que construye mundo para todo lo que entraba en su campo de visión, fuesen objetos o seres vivos.

Estos grabados poseen una pátina de antigüedad, o de lejanía. Nos muestran cómo elementos lejanos de pronto son dejados ante nuestra mirada. Y coexisten con nuestro presente, tan imbuido en la preocupación tecnológica, indicándonos que lo elemental, lo minúsculo, lo frágil, puede ser una respuesta estética (y hasta ética). Estos grabados nos invitan a la contemplación silenciosa, a crear un espacio reflexivo, a detener nuestro ajetreado tiempo. Para Francisco Toledo el gesto supremo consistía en dibujar, pintar, diseñar, modelar, hacer arte, y lograr crear una equivalencia de todos los signos, de todas las experiencias posibles.»

Guillermo Santos

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