Por: René Reyes
Oaxaca de Juárez, 04 de enero de 2025—En las entrañas más oscuras de la pobreza, allá en el olvidado pueblo de San Juanito, nació un hombre cuya ascensión a los niveles más altos del poder está marcada por la sed insaciable de venganza, poder y dinero. Geovany Vásquez Sagrero, un individuo que emergió de un entorno familiar fracturado, plagado de carencias y abandono, ha dedicado su vida a construir un imperio de corrupción, nepotismo y abuso. Pero más allá de su oscuro pasado, lo que resalta hoy es su capacidad para ejercer su influencia como un medio para destruir, someter y enriquecerse a costa del sufrimiento ajeno.
Geovany Vásquez Sagrero no es solo el producto de un entorno de miseria. Su niñez estuvo marcada por el abandono, primero de una madre alcohólica que le ofreció poco más que botellas vacías y noches de gritos, y luego de un padre ausente que nunca tuvo la oportunidad de conocer. Fue dejado a la deriva, creciendo entre las manos frías de una tía indiferente y más tarde bajo el techo de una familia adoptiva que lo condenó a una infancia de rechazo y resentimiento. En este caldo de cultivo, la figura de Geovany comenzó a tomar forma: un hombre de poder, pero también de odio.
Este niño que vivió las peores privaciones hoy es el rostro de la corrupción en Oaxaca. Con un historial lleno de episodios oscuros, que van desde su vinculación con el movimiento de la APPO hasta sus andanzas por círculos legales y políticos, Geovany no solo ha demostrado ser un hombre de influencia, sino también de métodos tan oscuros como eficaces. En 2006, siendo locutor en Radio Universidad, se infiltró en los círculos más radicales del movimiento social en Oaxaca, alineándose con personajes como Flavio Sosa. En su juventud, su sed de poder lo llevó a falsificar credenciales, como el título de «Maestro» en España, que nunca probó, pero que le sirvió como trampolín para abrir puertas en el ámbito político y judicial.
Con su llegada a la política oaxaqueña, especialmente después de asumir la Consejería Jurídica del gobierno en 2022, Geovany consolidó su influencia, que rápidamente se fue transformando en un aparato de control que no solo se basa en la manipulación política, sino también en el abuso sistemático de las instituciones públicas.
Geovany no ha dudado en colocar a amigos y familiares en posiciones claves dentro del gobierno. Su tía Yolanda Sagrero Vargas, por ejemplo, disfruta de un sueldo mensual de $40,000, mientras que su sobrino, Gerardo Vargas Sagrero, recibe jugosos bonos por sus servicios a la causa. Esta red de favores se extiende también a su despacho jurídico, «Kratos», que se ha convertido en un centro neurálgico de corrupción donde, además de asesorar a clientes, se infiltra en la estructura administrativa del gobierno oaxaqueño.
El resultado es un aparato gubernamental que funciona bajo el yugo del miedo. Cualquier intento de resistencia es rápidamente sofocado con amenazas de represalias y bloqueos. Los notarios, por ejemplo, no pueden certificar documentos de trabajadores que buscan ampararse contra las decisiones arbitrarias de Geovany, ya que el poder de revocarles sus Fiats es utilizado como un instrumento de chantaje.
El Saqueo del Erario y el Estilo de Vida de Lujo
Mientras Oaxaca sufre bajo el peso de la pobreza y la desigualdad, Geovany parece disfrutar de una vida de lujos y excesos. En 2023, inauguró el gimnasio Kratos Gym & Cycling, un proyecto que, según se sospecha, fue financiado en su totalidad por los recursos públicos. Además, presiona a los presidentes municipales para que contraten los servicios de su despacho, con tarifas elevadísimas, lo que refuerza su creciente imperio económico.
Pero no es solo el dinero lo que Geovany busca. Su poder está cimentado en una brutal indiferencia hacia los más vulnerables de la sociedad. Bajo su mando, miles de trabajadores, incluidos personas con discapacidad, mujeres embarazadas y enfermos, han sido despedidos sin piedad. El control y el sometimiento son su lenguaje cotidiano, y quienes se oponen a él, se enfrentan a una máquina de represión y abuso que no conoce límites.
Geovany Vásquez Sagrero Su desprecio por la dignidad humana es manifiesto en la manera en que trata a sus empleados y asociados. La atmósfera en sus fiestas privadas, organizadas con jóvenes mujeres y empleados de su despacho, está impregnada de una cultura de humillación y consumo excesivo. En estos encuentros, el dinero fluye de manera descarada, mientras la dignidad de los asistentes se desvanece en actos humillantes, como el ridículo juego de las «piñatas rellenas de chiles», en el que los participantes se arrastran por el suelo buscando recompensas monetarias. Un espectáculo grotesco que refleja la naturaleza despiadada de un hombre dispuesto a todo para satisfacer su ego y su insaciable sed de poder.
Lo que distingue a Geovany Vásquez Sagrero de otros actores políticos de la región no es solo su habilidad para corromper el sistema a su favor, sino su capacidad para proyectar su propio sufrimiento en una lucha constante contra un mundo que él considera su enemigo. En sus palabras, no hay cabida para la empatía o la reconciliación: “No hay vuelta atrás”, ha dicho sobre las plazas de trabajo y otras decisiones que afectan a miles de oaxaqueños. Para él, el poder es una herramienta para devolverle a la sociedad el sufrimiento que, en su mente, alguna vez le causó.
Esos mismos sentimientos de venganza parecen haberse reflejado en sus relaciones con el gobernador Salomón Jara, a quien, según rumores, Geovany considera un títere a su servicio. En los pasillos del poder, se habla de un hombre que maneja el estado como un marionetista, elevándose sobre todos, incluso por encima de la administración que supuestamente debería representarlo.
Con un legado construido sobre la corrupción, el abuso y el dolor ajeno, la pregunta es clara: ¿Hasta dónde puede llegar Geovany Vásquez Sagrero en su búsqueda de poder? ¿Cuál será el costo humano y social de su reinado en Oaxaca? Mientras tanto, los habitantes del estado siguen esperando respuestas que nunca parecen llegar, mientras él disfruta de un trono hecho con los escombros de miles de vidas destruidas.
La falta de un contrapeso efectivo ante este tipo de corrupción es una sombra que se cierne sobre el futuro de Oaxaca. En la medida en que figuras como Geovany Vásquez Sagrero continúen ejerciendo su poder sin ser cuestionadas, la esperanza de una verdadera justicia social para los oaxaqueños se aleja cada vez más.
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